domingo, 6 de septiembre de 2009

Homo erectus.

900 años de vida y aún no se ha caído, ¿cómo es posible que una torre de 15000 toneladas que está inclinada hacia el suelo como si hiciera una reverencia no se derrumba por su propio peso aplastanto todo lo que hay bajo sus pies y nosotros apenas somos capaces de soportar sin consecuencias el peso de una pequeña carga?
No tenemos nada más que fijarnos en alguien que está descargando unas cajas del camión, en el butanero mientras arrastra una bombona, o en los chulitos de gimnasio que demuestran su "fuerza bruta" levantando pesas con 20 quilos de más. Concentraos en sus caras.
Y ahora, para facilitar la comprensión de lo que intento decir, coged algo muy pesado, ya sea un hermano, la televisión de la cocina, la enciclopedia del salón, 8 cartones de leche u 8 botellas de Coca-Cola... Pesa ¿eh? Vuestra cara tiene un rictus ridículo, ¿verdad? Y ¿a que es imposible mantener la postura completamente erguida? Y ahora, por tontos os duele la espalda... ¿Y la puñetera torre, maravilla de la creación humana, no se cae? Si yo misma me caigo si me bajo de mi "Cañonero" sin llevar nada en las manos. El equilibrio, señores.


Todos tenemos limitaciones y límites de acción, y cuando los alcanzamos es el momento de frustaciones, rabietas, berrinches y por supuesto, un pánico desesperado. Mi límite es muy bajo, y no es raro que nos encontremos a menudo, somos buenos colegas, desde luego, pero me trae de cabeza. Me lo he vuelto a encontrar y hemos mantenido una conversación. Hemos hecho un trato, va a crecer y va a evitarme todo lo que pueda y yo voy a intentar no llevar nada encima cuando note que se está acercando. Y así, no perderé el equilibrio y no me caeré por mi propio peso y el de mi carga.


Por cierto, lo mío con las cámaras de fotos es algo... no inexplicable, pero sí paranormal. Ya van cuatro. Creo que alguien está intentando decirme algo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Sigue el camino de baldosas amarillas.

Será cosa de los años, que pesan y me van haciendo cada vez más vieja y sensible ante los cambios y de altura, presión y temperatura. Las montañas rusas eran mi columpio favorito en los parques de atracciones, tomando preferencia frente al típico tíovivo o la mítica noria; todo lo que se mueve en círculos me marea, pero ¿a quién no le marea dar vueltas? Y ahora, lo que me revuelve las tripas es caer cien metros en picado, subir otros cien, girar 360 grados en menos de un segundo o superar la velocidad de la luz sentada en un vagón sujeta por un simple cinturón. Cuando era chiquitica reía a carcajada limpia y hoy sólo no puedo descojonarme sino que no puedo abrir la boca. "No se me vaya a salir un pulmón, o lo que es peor, el corazón."

Aunque la sensibilidad y la irascibilidad que se ha aumentado en mí no es meramente una cuestión física. Puedo aguantar el peso de toneladas de plomo, pero no aguantaré el peso que tienen las muestras de afecto, la presencia y el efecto del cariño o la agonía y el vacío que provocan su ausencia



Dicen que el que algo quiere, algo le cuesta, que la insistencia y la constancia algún día darán sus frutos, que "el amor son tres flores que se riegan a diario" y demás moñigadas de esas; pero yo quiero demasiado y pocos son los recursos y las ganas que tengo, ser constante no es una de mis cualidades y mejor no hablar de mis plantas...


Como ya he dicho los cambios repentinos y sin previo aviso de un estado no es algo que soporte con facilidad. Nunca me gustaron las sorpresas, prefiero tener conocimiento de lo que va a pasar a continuación, disfruto con las situaciones predecibles aliñadas con pequeños detalles que varían mínimamente provocando en mí algo parecido a la única sensación de sorpresa que soy capaz de asimilar.


Podría pasarme el día lamentándome y alegrándome por todo lo que ha cambiado en mi vida. Podría pasear por el parque con mi música al máximo volumen destrozándome los tímpanos. Podría pasarme una noche entera entre esas cuatro paredes grafiteadas y destruidas por el paso de los venados y los cazurros de pueblo, borracha como una cuba y ahumada como un salmón, rebozándome por el suelo, saltando de un lado para otro, hablando con unos y con otros, cantando la canción más absurda y pegadiza del verano. Podría ir a echar una pachanga con los cuatro gatos que se aburren en sus casas. Podría leerme un libro entero. Podría ir a trabajar con mi mejor sonrisa, hablar con mis compañeros, conocerlos y hacer el moñas con ellos. Podría pasarme un día entero viendo las películas más malas que tengo. Podría pasarme las horas muertas imaginando miles de viajes. Podría fumarme una cajetilla de tabaco en un día de aburrimiento extremo, muchas cosas que hacer y poca iniciativa presente. Podría soñar con tiempos mejores.

Podría hacerlo. Y así lo hago y así lo haré.

El tiempo dedicado a cada persona no será más del que se merezca, tanto en mi cabeza, como en mi agenda. Y así, seguirán sucediéndose mis días hasta que encuentre la estabilidad y el equilibrio que tanto necesito.


Ni "Superman", ni "Dragon Kan", ni "Wild Wild West", ni "7 Picos", ni "Abismo"; te espero en el banco del lago. Con los pies en la tierra.


viernes, 28 de agosto de 2009

Felicidades.

Cumplir años es algo que le sienta bien a todo el mundo, como al buen vino, que adquiriendo un sabor y un aroma únicos con paciencia y tiempo les llega la oportunidad de ser apreciado por unos pocos paladares exigentes, mostrando todas sus buenas cualidades.
Los años aportan experiencia, sabiduría y saber estar, dicen.


A pesar de ser consciente de este hecho, porque es un hecho indiscutible, creo que no le doy demasiada importancia a los cumpleaños, el sentido que tiene para mí el paso de los años seguramente sea muchísimo más invisible que el que le puedan dar otras personas. Para mí, el paso del tiempo no se mide anualmente, año tras año, como podría hacerse con los aniversarios o los cumpleaños, prefiero medirlos de manera lineal y continua, de ahí que no sienta la misma alegría y no muestre la misma ilusión que los demás una noche de año nuevo o que no tenga por costumbre celebrar mi cumpleaños por todo lo alto, cuando lo celebro.

A mí me da igual tanto un año como diez. Sigo siendo igual de idiota que hace cinco años y lo seguiré siendo dentro de otros cinco, pero eso sí, con elegancia. Si algo funciona bien, ¿para qué cambiarlo?


Pero hoy voy a hacer una excepción y voy a detener mi rotación, para bajarme de mi globo terráqueo y felicitar a Cristina Cárdenas, porque la ocasión merece que le dedique parte de mi tiempo lineal y continuo y esta canción que tanto me gusta.






P.D.: He decidido no subir la foto que tenía pensada subir para bienestar y agradecimiento de la aludida en cuestión.

jueves, 27 de agosto de 2009

Plan Renove.

Por desgracia, no siempre se puede decir que es tarea fácil afrontar una situación adversa, como tampoco se puede esperar que se haga en poco tiempo y por supuesto, sin ningún esfuerzo, a no ser que seas un superhéroe y tengas el afortunado poder de deshacerte de todo obstáculo y hecho pasado para salvar a la humanidad sin temblar ni un sólo segundo.

Por muy intenso que haya sido lo vivido, tanto placeres como disgustos, hay veces que es mejor dejarlo pasar, para hacer que tu vida merezca de nuevo la pena, de un modo u otro y evitar ser mal ejemplo de un estancamiento destructivo.
Ya se sabe, lo pasado, pasado está.


Las personas cambian, o por lo menos su apariencia, y las apariencias engañan, por lo que los listos prefieren mantenerse al margen y los tontos se fían de ellas. Yo no sabría donde situarme, supongo que en un punto intermedio, ya que a mí no me van los extremos y sí las medias tintas.

Aparecen nuevas oportunidades, encontramos nuevos caminos y otros rumbos que seguir. O al menos de eso intento convencencerme. Es en esa nueva vida, tan prometedora y jugosa ella, en la que no hay lugar para lamentos, no hay ni un sólo pensamiento ni memoria dedicada a los que se dejan atrás. Y eso, aunque me duela, ha de ser así - el ciclo de la vida me gustaría llamarlo.


El momento de deshacerse de todo sentimiento que te ha hecho perder el norte y de todo lo que te une a una persona, llega, y cuando lo hace, el tiempo pasado, como si de una vocecilla se tratara, hace difícil elaborar un duro, pero necesario plan maestro. Una vez que eres consciente de todo lo que te rodea y andas sobre suelo firme, comienzas a llevar a cabo tu plan. Y aunque sientes un pequeño vacío y una parte de tí se queda anclada en esos días, haces todo lo posible por callar a esa vocecilla y sigues adelante. Como los burros.


La experiencia te ha convertido en una persona opuesta a lo que hubieras deseado; eres débil, capaz de arrastrarte hasta dejar el suelo limpio como la patena y hacerle competencia a la Ballerina, no puedes evitar ser dependiente, e inconscientemente dañina. Te desprecias hasta más no poder, y desprecias a todo el que está cerca, culpando a las personas que te han metido en el atolladero y que huyen con el rabo entre las piernas. Hacen bien, han encontrado su camino hacia la felicidad o la salida de su agobiante mundo, qué se yo. Ya correré la misma suerte yo también, aunque no estoy muy segura de ello. De momento buscaré las formas más absurdas de reciclarme.


Llegado el momento, las palabras que definan tu estado son inexistentes, tras de tí no hay más que un gran espacio en blanco de varios años y un vacío que da vértigo. Te desprendes de todo cuanto has querido o has creído querer, agarrándolo con uñas y dientes. Finalmente desaparece, dejándote con una lista de emociones que te desgarran por dentro; rabia, impotencia, confusión, ingenuidad, vergüenza, tristeza, miedo, decepción... Y luego, nada.



Adoro el drama, pero no me preocupa ahogarme en un mar de sentidas lágrimas, todos tenemos nuestro salvavidas... ¡Ah! Y un paquete de pañuelos.






jueves, 6 de agosto de 2009

Tragicomedia.

Su historia es una historia como tantas otras miles de historias, historias sobre corazones rotos, momentos fugaces, sueños robados, sentimientos sombríos y esperanzas confusas (qué bonito y qué profundo, madre mía). Una historia entre miles de historias que, como sus protagonistas, acaban por ser inevitablemente olvidadas y absorbidas por el tiempo.

Días, semanas, meses, años...

Me voy a ahorrar el primer capítulo del relato. Hartos de verlo en cada esquina, en cada rincón, estamos más que servidos de esas pequeñas dosis de "azúcar pastelosa" que nos hace más interesante y llevadero nuestro día a día; chica conoce a chico, chico y chica se enamoran, se prometen la luna, amor eterno... bla, bla, bla.
Pero como todo en esta vida, esta bonita escena tiene un final que, como dice la canción; "no es un final feliz, tan sólo es un final", un final en el que el pastel es servido en un banquete hasta que no queda nada más que las migajas para insano empacho de los comensales del festín, lo que nos lleva a la segunda parte de la historia.


El vacío que sentía la pobre, ingenua e indefensa muchacha era tan grande y la tristeza tan profunda, que pronto se sumiría y se dejaría arrastrar por el resentimiento, un resentimiento que no tardaría en convertirse en odio, un odio que la arrastraría poco a poco al deseo y a la búsqueda de algo de soledad y quizá unos inofensivos aires de... ¿venganza?. No, ese no era su estilo.

En pocos días cambió su forma de ser, de ver las cosas, de ver a los demás, se transformó en otra persona, o volvió a ser esa que pensó que había enterrado para siempre, quién sabe.
Esa soledad que tanto anhelaba pronto comenzó a darle miedo, y trató de evitarla por todos los medios; buscaba compañía y consuelo donde no lo había, buscaba calor donde sólo encontraría frío. Y cuando parecía hallar lo que creía necesitar, lo rechazaba. Como un perro apaleado, rechazaba cualquier gesto de cariño, respondía con frialdad, mordía la mano que le daba de comer.



Cuando todo lo que hacía empezó a perder su sentido, cuando apenas sentía el tacto de una caricia y muchas de las palabras que le dedicaban dejaron de tener el significado y la fuerza que tenían para ella tiempo atrás, comprendió que la sabiduría no se cuenta por años de experiencia y suma de conocimientos, sino que se gana con años de sufrimiento y océanos de incontables lágrimas de colores y sabores agridulces.


Esta es una historia real, una historia entre miles de historias, una historia de esas que, como las palabras y las hojas caídas en el suelo del otoño, se escapan con el viento. Pero al fin y al cabo es una historia que hoy y siempre se repite.

viernes, 31 de julio de 2009

Quien rompe, paga.

Débil es la naturaleza humana por defecto, variable y gradualmente débil a través del tiempo.
Tiempo, temido por unos, aclamado por otros, enemigo de esa naturaleza, aliado de sentimientos bipolares; odio y amor, que sustituyen al resto en una pequeña fracción de segundo, que nubla la mente con la peor de las rabias o el más dulce de los apegos.
Fracción de segundo en la que el respeto acaba donde empieza el orgullo, un orgullo que esconde el miedo y el rechazo hacia esa debilidad que inevitablemente nos define. Fracción de segundo en la que el ego acaba donde empieza el cariño, la amistad o el amor, llámalo X, donde la primera persona del singular pierde la importancia que debiera tener, desintegrándose el escudo que protege de ataques que aprovechan nuestro punto débil.

Blanco fácil.

Como antagonista de esa "X" y haciendo frente a esa debilidad hay una cosa llamada precaución, que respaldada por la desconfianza, puede ser nuestra mejor defensa ante nuestros adversarios y semejantes, y llevada con mesura y conocimiento nos ayudará a llegar al final del camino sanos y salvos.
Pero como arma letal, la frialdad se lleva la medalla de oro, que no sólo nos conducirá hasta el final del camino sanos y salvos, sino gloriosos e invencibles, casi inmortales.


Aprovecho para citar algo que dijo una vieja en una película:

"Todas las criaturas de este mundo mueren solas", si es así ¿por qué tanto cuidado y atención en dónde pisamos y a quién pisamos, si el fin es el mismo y el destino es común?


¿Pero qué sentido y credibilidad tienen mis palabras, si digo que no voy a actualizar en un tiempo y actualizo al día siguiente?

En fin, ahora sí que cuelgo el cartel:


Muy a mi pesar.

miércoles, 29 de julio de 2009

En Barna todos tienen vespa.

Después de 3 días paseando por Las Ramblas, subiendo las interminables escaleras de la Montaña de Montjuïc, de atravesar la Villa Olímpica, de contemplar el Camp Nou -aficiones y opiniones aparte-, de sufrir las alturas de la inacabada pero bellísima Sagrada Familia, después de rezar a mi cínico Dios en la Catedral del Mar, de admirar el Tibidabo, de visitar el "Poble Espanyol" y de comer pan con tomate hasta reventar, vuelvo a Tres Cantos; al no tener nada que hacer, al aburrimiento puro y duro, al hastío hacia el tiempo libre y al no saber que decir.









Es por eso y debido a mi próximo viaje a tierras bisbaleras, que el blog quedará un poco abandonado, como lo ha estado haciendo desde hace un tiempo. No quiero entrar en detalles, no quiero convertirme en mártir, ni quiero ser una marioneta del demonio.

Lo dicho.

domingo, 19 de julio de 2009

Bella durmiente.

El montón de tareas pendientes es cada vez más grande, no se si mi mesa aguantará tanto peso. Dormir no es la solución, pero es la única forma que tengo de pasar el tiempo sin hacer uso de mi conciencia y con los días tendré tanto trabajo acumulado que acabaré apartándolo o quitándole la importancia que debiera darle.


Demasiado tiempo libre y poco o nada organizado.

Me gustaría saber que fue de aquella niña que apenas se
distraía, que rara vez se perdía, que se adelantaba a los acontecimientos, que sabía valorar cada mínimo detalle.

Ese tiempo libre debería emplearlo en invocar a ese espíritu infantil y hacerlo volver para tenerlo como guía.



La inteligencia de una persona y su madurez toman verdadera forma cuando es capaz de separar todos los ámbitos de su vida, cuando es capaz de aislar lo que impide el correcto desarrollo de su día a día y por su puesto, la búsqueda de esa utópica felicidad, y eliminarlo.

Pero mi incompetencia no me permite distinguir ese impedimento, y si lo ha distinguido entonces es mi yo-emo y autodestructivo el que no quiere hacerlo desaparecer.


Y ya no quiero hablar de mi estado febril, que no me ayuda nada, y además, asusta.


jueves, 16 de julio de 2009

Fuera principios.

Tengo tanto que decir como tanto que callar, tanto que mostrar como tanto que ocultar. En unos pocos días mi vida ha dado un giro de 180 grados. He pasado del blanco al negro, o del negro al blanco, no lo sé.He hecho lo que dije, prometí, juré y perjuré que nunca haría, y una vez pasado el estado de shock me odio, me odio muchísimo, hasta el punto de ni siquiera reconocerme.

Dramatizando un poco más me atrevería a decir que éste está siendo uno de los momentos más duros y más difíciles de afrontar que he vivido hasta ahora, sino el que más. Podría perderme en un desierto sin agua ni comida y con mi malísimo sentido de la orientación, que tendría más posibilidades de sobrevivir que en este instante.

Cuando dije emociones fuertes no me refería a esto, ni si quiera me lo imaginaba.

No sabría explicar los cambios repentinos de luz y oscuridad que me envuelven. No sabría explicar el caos que me inunda. Y mucho menos la bipolaridad que me caracteriza.

Buscar la razón y el por qué de las cosas que suceden y cómo acaban donde acaban no es tarea fácil, pero la confusión es tan grande y cegadora que la única respuesta que se me ocurre para todas las preguntas que me hago y me hacen es "porque sí", una respuesta tan simple que roza la estupidez y me contradice en muchas de mis ideas anteriores.
Este "grano gordo y peludo" se despide. No quiere "tocar más los cojones".

domingo, 5 de julio de 2009

Para hacer bien el amor.

El río de gente era exageradamente caudaloso, y la fuerza que que ejercía la marea humana sobre nosotras algo sobrenatural, pero haciendo acopio de valor y a base de codazos conseguimos dirigirnos a nuestro destino, la puerta del metro de Gran vía, desde la esquina de la calle Fuencarral, donde no hicimos más que recibir empujones y codazos de los desesperados por salir del agujero metropolitano, ¿sería cosa del Karma?


Al son de la clásica canción de Rafaela Carrá "Hay que venir al Sur", seguido del espectáculo que me ofreció Alaska y su Fangoria, "miré la vida pasar" y cada una de las carrozas repletas de orgullosos y sonrientes bailarines.

Y una vez más pensé y lloré lo que tanto nos trae de cabeza a todo el colectivo femenino terrícola: "qué mal repartido está el mundo y qué injusta es la vida". Porque me había enamorado, sí, amor a primera vista comúnmente conocido, pero no fue un flechazo, porque él ni me vio entre tanta cabeza... y tracé un plan para subir a esa plataforma y darle un giro de 180º a su rosácea vida.

Fallé en mi misión.


Pasado el desfile y habiéndose vaciado la calle de curiosos, nos hicimos paso entre los rezagados, los borrachos, los cazafantasmas y la roña alcohólica del suelo. El Elástico nos esperaba.

Y en la puerta que estuvimos esperando, como los mendigos, pero con estilo, pues sustituimos la cerveza de medio litro por mojito, el "Señor Mohito", para entrar a la 1:30 y salir a las 2:30.

Frío hacía, aunque fuese psicológico, seguía haciendo rasca y hasta que no pió el primer pájaro no nos movimos de nuestra posición.


La compañía... ¿Qué decir de la compañía? Inmejorable, modestamente hablando, pero muy dudoso todo.